Lenin: Julio, 1916: Balance de la discusión sobre la autodeterminación .
7. ¿MARXISMO O PROUDHONISMO?
Nuestra alusión a la actitud adoptada por Marx con respecto a la separación de Irlanda es contrarrestada por los camaradas polacos, a título de excepción, no de modo indirecto, sino directo. ¿En qué consiste su objeción? Según ellos, las alusiones a la posición de Marx en 1848-1871 no tienen "el más mínimo valor". Esta afirmación, irritada y categórica en extremo, se razona diciendo que Marx se manifiesta "al mismo tiempo" contra los anhelos de independencia "de los checos, de los eslavos del Sur, etc., etc."
Esta argumentación es irritada en extremo precisamente porque carece de toda base. Según los marxistas polacos resulta que Marx era un simple confusionista, que ¡afirmaba "al mismo tiempo" cosas opuestas! Esto, además de ser completamente falso, no tiene nada que ver con el marxismo. Precisamente la exigencia de un análisis "concreto", que formulan los camaradas polacos para no aplicarlo, nos obliga a examinar si la diferente actitud (de Marx ante los distintos movimientos "nacionales" concretos no partía de una y la misma concepción socialista.
Como es sabido, Marx era partidario de la independencia de Polonia desde el punto de vista de los intereses de la democracia europea en su lucha contra la fuerza e influencia -bien podría decirse: contra la omnipotencia y la predominante influencia reaccionaria- del zarismo. El acierto de este punto de vista encontró su confirmación más palmaria y real en 1849, cuando el ejército feudal ruso aplastó la insurrección nacional-liberadora y democrático-revolucionaria en Hungría. Y desde entonces hasta la muerte de Marx, e incluso más tarde, hasta 1890, cuando se cernía la amenaza de una guerra reaccionaria del zarismo, en alianza con Francia, contra la Alemania no imperialista, sino nacionalmente independiente, Engels se mostraba partidario, ante todo y sobre todo, de la lucha contra el zarismo. Por eso, y solamente por eso, Marx y Engels se manifestaron contra el movimiento nacional de los checos y de los eslavos del Sur. La simple consulta de cuanto escribieron Marx y Engels en 1848-1849 demostrará a todos los que se interesen por el marxismo, no para renegar de él, que Marx y Engels contraponían a la sazón, de modo directo y concreto, "pueblos enteros reaccionarios" que servían de "puestos de avanzada de Rusia" en Europa a los "pueblos revolucionarios": alemanes, polacos y magiares. Esto es un hecho. Y este hecho fue señalado entonces con indiscutible acierto: en 1848, los pueblos revolucionarios combaten por la libertad, cuyo principal enemigo era el zarismo, mientras que los checos y otros eran realmente pueblos reaccionarios, puestos de avanzada del zarismo.
¿Qué nos enseña este ejemplo concreto, que debe ser analizado concretamente si se quiere permanecer fiel al marxismo? Únicamente que: 1) los intereses de la liberación de varios pueblos grandes y muy grandes de Europa están por encima de los intereses del movimiento liberador de las pequeñas naciones; 2) que la reivindicación de democracia debe ser considerada en escala europea (ahora habría que decir: en escala mundial), y no aislada- mente.
Y nada más. Ni sombra de refutación del principio socialista elemental que olvidan los polacos y al que Marx siempre guardó fidelidad: el pueblo que oprime a otros pueblos no puede ser libre. Si la situación concreta ante la que se hallaba Marx en la época de la influencia predominante del zarismo en la política internacional volviera a repetirse bajo otra forma, por ejemplo, si vario, pueblos iniciasen la revolución socialista (como en 1848 iniciaron en Europa la revolución democrático-burguesa) y otros pueblos resultasen ser los pilares principales de la reacción burguesa, nosotros también deberíamos ser partidarios de la guerra revolucionaria contra ellos, abogar por "aplastarlos", por destruir todos sus puestos de avanzada, cualesquiera que fuesen los movimientos de pequeñas naciones que allí surgiesen. Por tanto, no debemos rechazar, ni mucho menos, los ejemplos de la táctica de Marx -lo que significaría reconocer de palabra el marxismo y romper con él de hecho-, sino, a base de su análisis concreto, extraer enseñanzas inapreciables para el futuro. Las distintas reivindicaciones de la democracia incluyendo la de la autodeterminación, no son algo absoluto, sino una partícula de todo el movimiento democrático (hoy socialista) mundial. Puede suceder que, en un caso dado, una partícula se halle en contradicción con todo; entonces hay que desecharla. Es posible que en un país, el movimiento republicano no sea más que un arma de las intrigas clericales o financiero-monárquicas de otros países; entonces, nosotros no deberemos apoyar ese movimiento concreto. Pero sería ridículo excluir por ese motivo del programa de la socialdemocracia internacional la consigna de la República.
¿Cómo cambió la situación concreta desde 1848-1871 hasta 1898-1916 (considerando los jalones más importantes del imperialismo como un período: desde la guerra imperialista hispano-norteamericana hasta la guerra imperialista europea)? El zarismo dejó de ser, manifiesta e indiscutiblemente, el baluarte principal de la reacción; primero, a consecuencia del apoyo que le prestó el capital financiero internacional, sobre todo el de Francia; segundo, como resultado del año 1905. En aquel entonces, el sistema de los grandes Estados nacionales -de las democracias de Europa- llevaba al mundo la democracia y el socialismo, a pesar del zarismo(1). Marx y Engels no llegaron a vivir hasta la época del imperialismo. En nuestros días se ha formado un sistema de un puñado de "grandes" potencias imperialistas (5 ó 6), cada una de las cuales oprime a otras naciones. Esta opresión es una de las fuentes del retraso artificial del hundimiento del capitalismo y del apoyo artificial que prestan al oportunismo y al socialchovinismo las naciones imperialistas que dominan el mundo. Entonces, la democracia de Europa Occidental, que liberaba a las naciones más importantes, era enemiga del zarismo, el cual aprovechaba con fines reaccionarios algunos movimientos de pequeñas naciones. Ahora, la alianza del imperialismo zarista con el de los países capitalistas europeos más adelantados, basada en la opresión común de una serie de naciones, se enfrenta con el proletariado socialista, dividido en dos campos: el chovinista, "socialimperialista", y el revolucionario.
¡He ahí el cambio concreto de la situación, del que hacen caso omiso los socialdemócratas polacos, a pesar de su promesa de ser concretos! De él se desprende también un cambio concreto en la aplicación de esos mismos principios socialistas: entonces, ante todo, "contra el zarismo" (así como contra algunos movimientos nacionales pequeños utilizados por él con una orientación antidemocrática) y en favor de los pueblos revolucionarios de Occidente agrupados en grandes naciones. Ahora, contra el frente único formado por las potencias imperialistas, por la burguesía imperialista y los socialimperialistas, y a favor del aprovechamiento, para los fines de la revolución socialista, de todos los movimientos nacionales dirigidos contra el imperialismo. Cuanto más pura sea hoy la lucha del proletariado contra el frente común imperialista, tanto más esencial será, evidentemente, el principio internacionalista de que "el pueblo que oprime a otros pueblos no puede ser libre".
Los proudhonistas, en nombre de la revolución social interpretada de modo doctrinario, hacían caso omiso del papel internacional de Polonia y no querían saber nada de los movimientos nacionales. Del mismo modo doctrinario proceden los socialdemócratas polacos, que rompen el frente internacional de lucha contra los socialimperialistas y ayudan (objetivamente) a éstos con sus vacilaciones en el problema de las anexiones. Porque es precisamente el frente internacional de lucha proletaria el que ha cambiado en lo que se refiere a la posición concreta de las pequeñas naciones: entonces (1848-1871), las pequeñas naciones eran posibles aliados, ya de la "democracia occidental" y de los pueblos revolucionarios, ya del zarismo; ahora (1898-1914), las pequeñas naciones han perdido ese significado y son una de las fuentes que alimentan el parasitismo y, como consecuencia, el socialimperialismo de las "grandes potencias". Lo importante no es que antes de la revolución socialista se libere 1/50 o 1/100 de las pequeñas naciones; lo importante es que el proletariado, en la época imperialista y por causas objetivas, se ha dividido en dos campos internacionales, uno de los cuales está corrompido por las migajas que le caen de la mesa de la burguesía imperialista -a costa, por cierto, de la explotación doble o triple de las pequeñas naciones-, mientras que el otro no puede conseguir su propia libertad sin liberar a las pequeñas naciones, sin educar a las masas en el espíritu antichovinista, es decir, antianexionista, es decir, en el espíritu "de la autodeterminación".
Este aspecto de la cuestión, el principal, es dado de lado por los camaradas polacos, quienes no consideran las cosas desde la posición central en la época del imperialismo, desde el punto de vista de la existencia de dos campos en el proletariado internacional.
He aquí otros ejemplos palpables de su proudhonismo: 1) la actitud frente a la insurrección irlandesa de 1916, de la que hablaremos más adelante, 2) la declaración en sus tesis (11, 3, al final del § 3) de que la consigna de revolución socialista "no debe ser velada por nada". Es profundamente antimarxista la idea de que se pueda "velar" la consigna de revolución socialista, relacionándola con una posición revolucionaria consecuente en cualquier problema, incluido el nacional.
Los socialdemócratas polacos opinan que nuestro programa es "nacional-reformista". Comparad dos proposiciones prácticas: 1) por la autonomía (tesis polacas, III, 4) y 2) por la libertad de separación. ¡Porque es eso, y sólo eso, lo que diferencia nuestros programas! ¿Y acaso no está claro que es reformista precisamente el primer programa y no el segundo? Un cambio reformista es aquel que no socava las bases del poder de la clase dominante y que representa únicamente una concesión de ésta, pero conservando su dominio. Un cambio revolucionario es el que destruye las bases del poder. Lo reformista en el programa nacional no abole todos los privilegios de la nación dominante, no crea la completa igualdad de derechos, no elimina toda opresión nacional. Una nación "autónoma" no tiene los mismos derechos que la nación "dominante"; los camaradas polacos no podrían dejar de notario, si no se empeñasen obstinadamente en pasar por alto (al igual que nuestros antiguos "economistas") el análisis de los conceptos y categorías políticas. La Noruega autónoma como parte de Suecia, gozaba hasta 1905 de la más amplia autonomía, pero no tenla derechos iguales a Suecia. Sólo su libre separación reveló de hecho y demostró si igualdad de derechos (agreguemos, entre paréntesis, que fue precisamente esta libre separación la que creó las bases para un acercamiento más estrecho y más democrático, asentado en la igualdad de derechos). Mientras Noruega era únicamente autónoma, la aristocracia sueca tenía un privilegio más, que con la separación no fue "debilitado" (la esencia del reformismo consiste en atenuar el mal, pero no en eliminarlo), sino eliminado por completo (lo que constituye el exponente principal del carácter revolucionario de un programa).
A propósito: la autonomía, como reforma, es distinta por principio de la libertad de separación, como medida revolucionaria. Esto es indudable. Pero, en la práctica, Ia reforma -como sabe todo el mundo- no es en muchos casos más que un paso hacia la revolución. Precisamente la autonomía permite a una nación mantenida por la fuerza dentro de los límites de un Estado constituirse de modo definitivo como nación, reunir, conocer y organizar sus fuerzas, elegir el momento más adecuado para declarar... al modo "noruego": nosotros, la Dieta autónoma de tal o cual nación o región, declaramos que el emperador de todo Rusia ha dejado de ser rey de Polonia, etc. A esto "se objeta" habitualmente: semejantes problemas se resuelven por medio de las armas y no con declaraciones. Es justo en la inmensa mayoría de los casos, se resuelven por medio de las armas (lo mismo que los problemas de la forma de gobierno de los grandes Estados se resuelven también, en la aplastante mayoría de los casos, únicamente por medio de guerras y revoluciones). Sin embargo, no estará de más meditar en si es lógica semejante "objeción" contra el programa político de un partido revolucionario. ¿Somos acaso contrarios a las guerras y revoluciones en pro de una causa justa y útil para el proletariado, en pro de la democracia y del socialismo?
"¡Pero no podemos ser partidarios de la guerra entre los grandes pueblos, de la matanza de 20 millones de hombres, en aras de la liberación problemática de una nación pequeña, integrada, quizá, por no más de 10 ó 20 millones de habitantes!" ¡Claro está que no podemos! Mas no porque hayamos eliminado de nuestro programa la igualdad nacional completa, sino porque los intereses de la democracia de un país deben ser supeditados a los intereses de la democracia de varios y de todos los países. Imaginémonos que entre dos grandes monarquías se encuentra una monarquía pequeña, cuyo reyezuelo está "ligado", por lazos de parentesco y de otro género, a los monarcas de ambos países vecinos. Imaginémonos, además, que la proclamación de la República en el país pequeño y el destierro de su monarca significase, de hecho, una guerra entre los dos grandes países vecinos por la restauración de tal o cual monarca del pequeño país. No cabe duda que, en este caso concreto, toda la socialdemocracia internacional, lo mismo que la parte verdaderamente internacionalista de la socialdemocracia del pequeño país, estaría en contra de la sustitución de la monarquía por la República. La sustitución de la monarquía por la República no es un objetivo absoluto, sino una de las reivindicaciones democráticas subordinadas a los intereses de la democracia (y más aún, naturalmente, a los intereses del proletariado socialista) en su conjunto. Es seguro que un case así no suscitaría ni sombra de divergencias entre los socialdemócratas de los distintos países. Pero si cualquier socialdemócrata propusiese con este motivo eliminar en general del programa de la socialdemocracia internacional la consigna de la República, seguramente lo tomarían por loco. Le dirían: a pesar de todo, no es posible olvidar la diferencia lógica elemental que existe entre lo particular y lo general.
Este ejemplo nos conduce, en un aspecto algo diferente, al problema de la educación internacionalista de la clase obrera. ¿Puede esta educación -sobre cuya necesidad e importancia imperiosa no se conciben divergencias entre la izquierda de Zimmerwald- ser concretamente igual en las grandes naciones, en las naciones opresoras, que en las pequeñas naciones oprimidas, en las naciones anexionistas que en las naciones anexionadas?
Evidentemente, no. El camino hacia el objetivo común la completa igualdad de derechos, el más estrecho acercamiento y la ulterior fusión de todas las naciones- sigue aquí, evidentemente, distintas rutas concretas, lo mismo que, por ejemplo, el camino conducente a un punto situado en el centro de esta página parte hacia la izquierda de una de sus márgenes y hacia la derecha de la margen opuesta. Si el socialdemócrata de una gran nación opresora, anexionista, profesando, en general, la teoría de la fusión de las naciones, se olvida, aunque sólo sea por un instante, de que "su" Nicolás II, "su" Guillermo, "su" Jorge, "su" Poincaré, etc., etc., abogan también por la fusión con las naciones pequeñas (por medio de anexiones) -Nicolás II aboga por la "fusión" con Galitzia, Guillermo 11 por la "fusión" con Bélgica, etc.-, ese socialdemócrata resultará ser, en teoría, un doctrinario ridículo y, en la práctica, un cómplice del imperialismo.
El centro de gravedad de la educación internacionalista de los obreros de los países opresores tiene que estar necesariamente en la prédica y en la defensa de la libertad de separación de los países oprimidos. De otra manera, no hay internacionalismo. Tenemos el derecho y el deber de tratar de imperialista y de canalla a todo socialdemócrata de una nación opresora que no realice tal propaganda. Esta es una exigencia incondicional, aunque, prácticamente, la separación no sea posible ni "realizable" antes del socialismo más que en el uno por mil de los casos.
Tenemos el deber de educar a los 'obreros en la "indiferencia" ante las diferencias nacionales. Esto es indiscutible. Mas no se trata de la indiferencia de los anexionistas. El miembro de una nación opresora debe permanecer "indiferente" ante el problema de si las naciones pequeñas pertenecen a su Estado, al Estado vecino o a sí mismas, según sean sus simpatías: sin tal "indiferencia" no será socialdemócrata. Para ser socialdemócrata internacionalista hay que pensar no sólo en la propia nación, sino colocar por encima de ella los intereses de todas las naciones, la libertad y la igualdad de derechos de todas. "Teóricamente", todos están de acuerdo con estos principios; pero, en la, práctica, revelan precisamente una indiferencia anexionista. Ahí está la raíz del mal.
Y, a la inversa, el socialdemócrata de una nación pequeña debe tomar como centro de gravedad de sus campañas de agitación la primera palabra de nuestra fórmula general: "unión voluntaria" de las naciones. Sin faltar a sus deberes de internacionalista, puede pronunciarse tanto a favor de la independencia política de su nación como a favor de su incorporación al Estado vecino X, Y, Z, etc. Pero deberá luchar en todos los casos contra la estrechez de criterio, el aislamiento, el particularismo de pequeña nación, por que se tenga en cuenta lo total y lo general, por la supeditación de los intereses de lo particular a los intereses de lo general.
A gentes que no han penetrado en el problema, les parece "contradictorio" que los socialdemócratas de las naciones opresoras exijan la "libertad de separación" y los socialdemócratas de las naciones oprimidas la "libertad de unión". Pero, a poco que se reflexione, se ve que, partiendo de la situación dada, no hay ni puede haber otro camino hacia el internacionalismo y la fusión de las naciones, no hay ni puede haber otro camino que conduzca a este fin.
Y llegamos así a la situación especial de la socialdemocracia holandesa y polaca.
(1) Riazánov ha publicado en el Archivo de la historia del socialismo, de Grünberg (1916, t. l), un interesantísimo artículo de
Engels sobre el problema polaco, fechado en 1866. Engels subraya que el proletariado debe reconocer la independencia
política y la "autodeterminación" (right to dispose of itself) de las naciones grandes, importantes de Europa, remarcando la
absurdidad del "principio de las nacionalidades" (sobre todo en su aprovechamiento por el bonapartismo), es decir, de equiparar
cualquier nación pequeña a estas grandes. "Rusia -dice Engels- posee una enorme cantidad de propiedades robadas" (es decir,
de naciones oprimidas), "que tendrá que devolver el día del ajuste de cuentas". Tanto el bonapartismo como el zarismo
aprovechan los movimientos de pequeñas naciones en beneficio propio y contra la democracia europea.
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